miércoles, 17 de mayo de 2017

micro-cine

Y un día fui al cine, era una tarde nublosa de abril, cuando ya el sol está por irse a Japón. Nunca había ido a ese cine y nunca había ido a un cine sin un acompañante. Pero esa tarde me animé, y fui, más que nada porque no me quería perder otro año más el ciclo de la semana de cine francés, y vamos a ser sinceros, la entrada era barata y no tenía otra cosa qué hacer. Además queda tan cerca de mi casa, ese cine, que en sus buenas épocas, era uno de los más importantes de la ciudad, ahora está un poco olvidado por otros más espectaculares, con funciones en 3d o asientos que parecen camas.

Caminé las dos cuadras que me separaban, saqué la entrada, y entré a la pequeña sala. La película que iba a ver era francesa, no conocía mucho el argumento, solo que era en ese idioma y era lo que a mí más me importaba. Si después la película era un fiasco, poco importaba. En la sala había pocas personas, yo me senté en la séptima fila, en el asiento 18. Esperando ansiosa el comienzo de la película, o por lo menos que se prenda la gran pantalla, ya que es un poco incómodo estar sola en una sala donde hay gente desconocida dispuesta a ver lo mismo que vos. Una voz me pregunta si el asiento que estaba a mi derecha estaba ocupado, le respondí que no. Cuando vi a quién pertenecía esa suave voz, me asombré al ver sus ojos negros que me miraban como si ya nos conociéramos. Cuando tomó asiento al lado mío, me hizo otra pregunta: ¿La primera vez que venís sola al cine? Como si lo hubiese adivinado o quizás a mí se me notaba que la situación era extraña. Le respondí que sí con una sonrisa, y me dijo que esté tranquila que ya me iba acostumbrar. Para él no era la primera vez, siempre lo hacía, miraba la cartelera y se escapaba al cine, para escaparse un poco de la realidad de todos los días. Me contó que siempre se sentaba al lado de alguien, necesitaba la presencia de alguien al lado suyo, pero que nunca le había hablado alguien hasta ese día que me habló a mí.-

Septiembre, 2014

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