Tardecita en el bar.
Ya en noviembre, las clases en
las distintas facultades de la ciudad van llegando a su fin. Los bares, las
librerías o las fotocopiadoras que están cerca a una Facultad se quedan vacíos
ante la carencia de estudiantes. El bar que está en Suipacha esquina San
Lorenzo no es la excepción.
Llegué a las cinco de la tarde,
dos horas antes de que cierre, cuando entré ya vi pocas de esas mesas llenas de
estudiantes que estoy acostumbrada a ver en pleno cursado. En una de las mesas
cerca a la barra estaba mi papá “mirando” el diario casi dormido. Lo saludé y
se sorprendió mucho por mi llegada, ahí mismo me ofreció un tostado o cualquier
cosa para salir de su somnolencia. Miré a mí alrededor y había sólo un mozo
“atendiendo” quien estaba muy tranquilo leyendo Rosario12. Una mesa afuera con
dos profesoras de fonoaudiología que no se aguantan el deseo de fumar por más
que haga 40° a la sombra.
Mi papá me comentó que tenía
mucho sueño entonces nos pusimos a hacer la famosa Claringrilla que es para lo
único que abre el diario Clarín. La tarde seguía muy tranquila, un señor
tomando un café con leche y como siempre algún paciente del siquiátrico que
viene a comprar una cerveza con el dinero que ganó en la otra esquina de Santa
fe y Suipacha.
Me di cuenta que hay muchos
personajes en un bar que a veces pasan desapercibidos cuando los profesores y estudiantes están. Al
rato, cayó un hombre intentando vender un magnifico producto que quitaría la
grasa de la cocina del bar. La muestra sería gratis pero seguro algo le quería
vender a mi papá que en ese momento se encontraba detrás de la barra. El
vendedor se marchó y prometió volver pronto cuando el dueño del bar se
encontrara, lo que no se dio cuenta el pobre vendedor es que si estaba el dueño
pero estaba muy cansado y dormido como para atender a un Mr. Musculo en
persona.
El señor que tomaba el café con
leche se levantó y como es de costumbre se puso a hablar con mi papá quien no
pierde la oportunidad para conversar con alguien. La charla fue corta ya que la
mujer del señor lo pasó a buscar en un autito, y él corrió hacia la calle con
miedo de que su esposa lo rete o peor aún lo deje.
Las profesoras también se fueron
y el loco del Suipacha ya hacía rato que había vuelto a su trabajo. ¿Quiénes
quedan? Preguntó papá al mozo. Una mujer que está afuera, respondió. Así que el
mozo preparó su mochila, sacó la basura, se despidió con un “Buen fin de
semana” y se marchó.
Sólo quedábamos mi papá, el
cocinero y yo. Siempre hay un desubicado que llega a tomarse un cafecito diez
minutos antes de cerrar, pero esa tarde ni el desubicado fue. El cocinero bajó
de la cocina, saludó y se fue en su moto.
Mi papá ya había terminado la
Claringrilla, el crucigrama, el sudoku y otros juegos más de los diarios. Yo
comiendo maní, tomando coca y mirando a ese hombre que es lejos el mejor papá
del mundo.
Noviembre, 2012.-
Noviembre, 2012.-
Gracias Jorge, saludos.
ResponderEliminarTe sigo leyendo, Brenda!
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