viernes, 12 de mayo de 2017

Lo cotidiando.

Tardecita en el bar.

Ya en noviembre, las clases en las distintas facultades de la ciudad van llegando a su fin. Los bares, las librerías o las fotocopiadoras que están cerca a una Facultad se quedan vacíos ante la carencia de estudiantes. El bar que está en Suipacha esquina San Lorenzo no es la excepción.
Llegué a las cinco de la tarde, dos horas antes de que cierre, cuando entré ya vi pocas de esas mesas llenas de estudiantes que estoy acostumbrada a ver en pleno cursado. En una de las mesas cerca a la barra estaba mi papá “mirando” el diario casi dormido. Lo saludé y se sorprendió mucho por mi llegada, ahí mismo me ofreció un tostado o cualquier cosa para salir de su somnolencia. Miré a mí alrededor y había sólo un mozo “atendiendo” quien estaba muy tranquilo leyendo Rosario12. Una mesa afuera con dos profesoras de fonoaudiología que no se aguantan el deseo de fumar por más que haga 40° a la sombra.
Mi papá me comentó que tenía mucho sueño entonces nos pusimos a hacer la famosa Claringrilla que es para lo único que abre el diario Clarín. La tarde seguía muy tranquila, un señor tomando un café con leche y como siempre algún paciente del siquiátrico que viene a comprar una cerveza con el dinero que ganó en la otra esquina de Santa fe y Suipacha.
Me di cuenta que hay muchos personajes en un bar que a veces pasan desapercibidos  cuando los profesores y estudiantes están. Al rato, cayó un hombre intentando vender un magnifico producto que quitaría la grasa de la cocina del bar. La muestra sería gratis pero seguro algo le quería vender a mi papá que en ese momento se encontraba detrás de la barra. El vendedor se marchó y prometió volver pronto cuando el dueño del bar se encontrara, lo que no se dio cuenta el pobre vendedor es que si estaba el dueño pero estaba muy cansado y dormido como para atender a un Mr. Musculo en persona.
El señor que tomaba el café con leche se levantó y como es de costumbre se puso a hablar con mi papá quien no pierde la oportunidad para conversar con alguien. La charla fue corta ya que la mujer del señor lo pasó a buscar en un autito, y él corrió hacia la calle con miedo de que su esposa lo rete o peor aún lo deje.
Las profesoras también se fueron y el loco del Suipacha ya hacía rato que había vuelto a su trabajo. ¿Quiénes quedan? Preguntó papá al mozo. Una mujer que está afuera, respondió. Así que el mozo preparó su mochila, sacó la basura, se despidió con un “Buen fin de semana” y se marchó.
Sólo quedábamos mi papá, el cocinero y yo. Siempre hay un desubicado que llega a tomarse un cafecito diez minutos antes de cerrar, pero esa tarde ni el desubicado fue. El cocinero bajó de la cocina, saludó y se fue en su moto.

Mi papá ya había terminado la Claringrilla, el crucigrama, el sudoku y otros juegos más de los diarios. Yo comiendo maní, tomando coca y mirando a ese hombre que es lejos el mejor papá del mundo.  

Noviembre, 2012.-

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