Y un día fui al cine, era una tarde nublosa
de abril, cuando ya el sol está por irse a Japón. Nunca había ido a ese cine y
nunca había ido a un cine sin un acompañante. Pero esa tarde me animé, y fui,
más que nada porque no me quería perder otro año más el ciclo de la semana de
cine francés, y vamos a ser sinceros, la entrada era barata y no tenía otra cosa
qué hacer. Además queda tan cerca de mi casa, ese cine, que en sus buenas
épocas, era uno de los más importantes de la ciudad, ahora está un poco
olvidado por otros más espectaculares, con funciones en 3d o asientos que
parecen camas.
Caminé las dos cuadras que me separaban,
saqué la entrada, y entré a la pequeña sala. La película que iba a ver era
francesa, no conocía mucho el argumento, solo que era en ese idioma y era lo
que a mí más me importaba. Si después la película era un fiasco, poco
importaba. En la sala había pocas personas, yo me senté en la séptima fila, en
el asiento 18. Esperando ansiosa el comienzo de la película, o por lo menos que
se prenda la gran pantalla, ya que es un poco incómodo estar sola en una sala
donde hay gente desconocida dispuesta a ver lo mismo que vos. Una voz me
pregunta si el asiento que estaba a mi derecha estaba ocupado, le respondí que
no. Cuando vi a quién pertenecía esa suave voz, me asombré al ver sus ojos
negros que me miraban como si ya nos conociéramos. Cuando tomó asiento al lado
mío, me hizo otra pregunta: ¿La primera vez que venís sola al cine? Como si lo
hubiese adivinado o quizás a mí se me notaba que la situación era extraña. Le
respondí que sí con una sonrisa, y me dijo que esté tranquila que ya me iba
acostumbrar. Para él no era la primera vez, siempre lo hacía, miraba la
cartelera y se escapaba al cine, para escaparse un poco de la realidad de todos
los días. Me contó que siempre se sentaba al lado de alguien, necesitaba la
presencia de alguien al lado suyo, pero que nunca le había hablado alguien
hasta ese día que me habló a mí.-
Septiembre, 2014
Septiembre, 2014